Los patios nacen del ingenio romano, que canalizaba la lluvia hacia un corazón doméstico. La cultura andalusí heredó y refinó esa sabiduría, sumando aljibes y fuentes bajas. Hoy, cada goteo relata resiliencia climática, ahorro de agua y una ética del cuidado que armoniza necesidad, belleza y comunidad en un mismo latido.
Madera tallada, ladrillo visto y azulejería dialogan con yeserías, cúpulas de luz y galerías voladas. Las familias colgaban macetas, los artesanos ensayaban soluciones, y las festividades encendían el patio con canto y mantel compartido. El resultado no es ostentación, sino proximidad: dignidad humilde, artesanal y profundamente humana.
En palacios, el patio ordena estancias nobles; en corrales, organiza la vida colectiva con lavaderos, pozos y bancos de madera. En ambos, la lógica es similar: respirar mejor, estar juntos y resolver la jornada. Allí se aprenden nombres, se negocian ritmos y se tejen pequeñas alianzas imprescindibles para habitar la ciudad.